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Buceando entre los cuentos del John Cheever

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Cheever, John Cuentos Completos, RBA, 2013

Cuentos completos de John CheeverSi preguntáramos a nuestros conciudadanos quién es el mejor creador de relatos americano del siglo XX posiblemente eligieran entre Ernest Hemingway y Raymond Carver (al que todavía no hemos invitado a nuestro blog, incomprensiblemente). Sin embargo hay un tercer nombre que merece estar en la contienda: John Cheever. Además de tener el gran mérito de haber sido de los pocos escritores que consiguió vivir de lo que escribía, dejó un puñado de historias que muestran con particular fuerza los rincones escondidos de la clase media americana de la segunda mitad del siglo XX. Hoy quitamos un poco el polvo a estas historias gracias al volumen Cuentos Completos editado por RBA.

John Cheever nace en 1912 en Quincy (Massachusetts) y desde muy temprana edad empieza a mostrar sus talentos como escritor aunque también aparecen pronto los problemas en su vida. Durante los años 20 su padre pierde todo su dinero y se refugia en el alcohol. Su madre decide entonces abrir una tienda de regalos para sacar adelante a la familia pero el joven John ve ese acto como una humillación. Una mala inversión condena a los Cheever al desahucio y posteriormente a una separación temporal. John y su hermano aprovechan la ocasión para escapar el hogar familiar. En 1942 publica su primer libro de relatos, un año después de su boda y antes del nacimiento de su hija Susan. La década de los cincuenta es su consagración como escritor, con la publicación de un nuevo volumen de historias y la novela Crónica de los Wapshot (1956) a la que le seguirá El escándalo de los Wapshot (1964). Pero acompañando a su éxito profesional también irán también los problemas en su matrimonio (nunca llegará a separarse de su mujer pero la culpará de todos los problemas de su relación) y con la bebida (refugio contra sus frustraciones y pulsiones bisexuales). En 1977 publicará Falconer, cinco años antes de su muerte causada por un cáncer originado en su riñón derecho.

La vida es demasiado terrible, demasiado sórdida y horrible. Pero nunca hemos sido así, ¿verdad, querido? ¿Hemos? Quiero decir, siempre hemos sido buenos y decentes y nos queremos el uno al otro, ¿no es así?

Quizás la mejor forma que tiene el lector de acercarse por primera vez al universo de Cheever es viendo la serie Mad Men: hombres trajeados persiguiendo sus sueños a toda costa que habitan en los barrios residenciales de las afueras de las ciudades y cuyos hogares están confiados a la ama de casa perfecta. Todo perfecto y todo brillante, al menos en apariencia. Porque ese es el mundo que le interesa a Cheever y sobre el que pone su lupa. En el magnífico prefacio escrito por Hanik Kureishi para la edición inglesa publicada por Vintage (Penguin) encontramos esta frase reveladora: “Sus temas no son los “friquis”, los perdedores o los marginados sino los niños, el trabajo y la idea central de la literatura occidental, lo que Cheever llamaba “el misterio amargo del matrimonio” y cómo el matrimonio puede hacer que la pasión sea improbable, si no imposible”

Está claro que la institución del matrimonio no sale bien parada en las historias de Cheever. Incluso en aquellas historias que parece que todo es idílico basta una pequeña factura retrasada o cualquier otro hecho cotidiano y anodino para desencadenar la tormenta. Y lo peor es que muchas veces, tras la explosión de la crisis no se produce ningún desenlace en una u otra dirección. Se ponen los sentimientos en barbecho para que se los puedan volver a poder echar en cara en el futuro, eso sí, cada vez más degradados y añadiendo más humillación.

John Cheever autor de cuentos completos
John Cheever autor de cuentos completos

Sería fácil decir que esa visión tiene su origen en la experiencia de Cheever en su matrimonio. Es evidente que esa circunstancia contribuyó de forma clara pero sería injusto reducir el retrato global a una anécdota personal. Cheever muestra implacable matrimonios más obsesionados con las apariencias que con los sentimientos. Parejas que hacen más casos a los vasos de sus invitados que a sus propios hijos. Maridos que sacrifican a su familia (voluntariamente) para intentar arañar su meta laboral. Amas de casa que se asfixian en una vida cotidiana que no les deja soñar. Hijos que no acaban de entender la lenta autodestrucción de sus padres. Servicio doméstico humillado y que se venga sisando de las botellas de sus empleadores. En resumen toda una sociedad que busca y desea ardientemente la felicidad pero, que por mucho que lo intenta, se acaba siempre topando un muro gris y frío.

Ya hemos visto como el alcohol fue un factor importante en la vida de Cheever pero también lo es en sus personajes y en sus cuentos. No recuerdo un solo relato en los que el alcohol no haga aparición y resultaría interesante comprobar cuantas palabras de media han de pasar en una historia suya para que la ginebra, el whisky o el dry martini hagan acto de presencia. En su maravilloso libro El viaje a Echo Spring Olivia Laing repasa la relación entre el alcohol y los grandes escritores estadounidenses del siglo XX. A parte de Cheever y los ya mencionados Hemingway y Carver (con el que Cheever bebió un semestre entero en la década de los 70 mientras daban clase en la reputada Universidad de Iowa) Laing repasa las figuras de Scott FitzGerald, Tenesse Williams y John Berryman, analizando por qué cayeron en el alcoholismo y cómo afecto esa enfermedad en su trabajo. Un libro muy interesante para ver la cara oculta de la gran literatura del siglo pasado en el país del gran sueño (y pesadilla) americano.

Posiblemente el mejor cuento de Cheever sea El nadador donde su protagonista, Ned, asiste como invitado a una fiesta que tiene lugar unos de esos ‘domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan “Anoche bebí demasiado”’. De repente el hombre decide volver a su casa pero, en vez de coger su coche, decide ir nadando a través de piscinas de las casas de sus conocidos. “Volver a casa siguiendo un camino diferente le infundía la sensación de que era un peregrino, un explorador, un hombre que tenía un destino; y además sabía que a lo largo del camino hallaría amigos: los amigos guarnecerían las orillas del río Lucinda.” (esposa de Ned).

A medida que el nadador va avanzando por su ruta ocurren dos hechos paralelos. Por un lado el tiempo avanza más deprisa de lo normal y el calor del verano va dejando paso a las hojas secas del otoño y al frío del invierno. Por otro lado parece que la suerte del exitoso Ned Merrill ha cambiado y, gracias a las personas que se va encontrando, se entera de que ha perdido su casa, que el respeto social que tenía se ha evaporado y que incluso ha perdido el favor de sus amantes pasadas. Entumecido por el frío, extenuado por el esfuerzo y desencantado con el nuevo mundo que ha emergido mientras nadaba llega por fin a su destino:

El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarla, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños de desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.

En poco párrafos hemos visto cómo ese mundo perfecto se ha derrumbado. Un matrimonio que parecía perfecto en realidad estaba podrido por dentro. Las amistades sólidas de un hombre se esfuman con su dinero. Y por fin solo se da cuenta del vacío que rodeaba su vida y rompe a llorar. Ya es tarde, incluso para empezar de nuevo.

Muchos críticos se refieren a Cheever como el Chejov de los suburbios. Ambos escritores agarran la melancolía de una clase burguesa para quitarle las capas de apariencia y dejarnos una verdad desnuda y dolorosa. Pero en Chejov muchas veces hay un cierto humor y a veces incluso redención. En el caso de Cheever no. Solo aquellos héroes escasos que acaban dando por completo la espalda por completo a la sociedad consiguen salir de esa rueda maldita pero teniendo que pagar el precio del ostracismo. Cheever sabe que el mundo no es perfecto y por eso tanto él como sus personajes se refugian en el alcohol con la esperanza de que la mañana siguiente les traiga de la mano un amanecer distinto al de todos los días. Pero el día siguiente, taciturno y obcecado, solo les devuelve una resaca.

Antes de concluir un par de regalos relacionados con El nadador. Por un lado una página donde podéis encontrar el texto completo con la esperanza de que este aperitivo os anime a compraros el libro para devorar el resto de los cuentos que contiene. Por otro el tráiler de la película que realizaron Frank Perry y Sydney Pollack en 1968 tomando el relato de Cheever como punto de partida y que está protagonizada por Burt Lancaster. Como anécdota contar que en un momento de la película el propio Cheever realiza un pequeño cameo.

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